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MAX STIRNER, «el único» y «su propiedad» (I)
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daorino
hace 4 semanas, 1 día, 2 horasNo os engaño si os dijera que descubrir a Max Stirner ha sido todo un gran acontecimiento para mí. Su obra El Único y su Propiedad ha abierto en mí nuevas miras, nuevas pistas para una nueva reivindicación: entreveo la insurrección de un nuevo tipo de ser, el egoísta. Pero el egoísta no es aquel hombre avaricioso que lo quiere todo para sí, de este tipo lo son «los menos»; o también podría serlo, pero lo que quiero decir es que no estamos hablando del significado convencional que suele tener dicha palabra. El egoísta es ante todo aquel que se reconoce a sí mismo, aquel que tiene «plena conciencia de su unicidad, de su ser como algo completo»: lo exterior le es ajeno, con «lo impropio» sólo existe una «relación». Uno mismo es absoluto, el ser mismo de cada uno es absoluto, a eso es a lo que llamamos «unicidad». Con esta conciencia nace el egoísta, él es su propia cima, él mismo es su causa, no sirve «nada» que no sea él mismo; ni pone a ídolos, a dioses, a Dios, una causa ajena, etc. por encima de sí. El egoísta, reconocido a sí mismo como soberano, se libera de las convenciones establecidas (y si las aceptara sería porque ve en ellas un provecho y de dichas convenciones se «apodera»), de la masificación, de la simplificación y reducción sociales: él es único entre todos, es el ser que se reivindica, aquel que quiere ser él mismo, aquel que persigue sus causas, su propio camino, sus propias ideas, su propio capricho y no el de otros… «Yo no soy nada en el sentido de vacío, sino que soy la nada creadora, la nada de la cual yo mismo lo creo todo como creador» (Pág. 35). Atisbo la idea precursora del superhombre de Nietzsche… ¿precursora? No, tal vez no, en Stirner encuentro la propia idea de superhombre, Nietzsche la engrandeció y enriqueció aún más. Rescató esa idea como muchas otras ideas de Max Stirner de la burla y de la ignominia a la que fueron sometidas al ser tratadas como una broma o una burla, y eso que El Único y su Propiedad ha sido una obra que se ha vendido bastante bien.
El soberano individual, el hombre aristocrático moderno, un ser lo más parecido a un ser «libre» de forma real (ser libre es servirse a uno mismo, lo demás es charlatanería: ¿qué libertad encuentro trabajando para el prójimo -o el Estado y demás formas de prójimo-?, ¿acaso el prójimo trabaja para mí? Todo se ha construido bajo la falacia descuidando la realidad egoísta de todo ser), resurgió en aquella época donde los énfasis modernos -los nacidos de la Ilustración y de los Utilitaristas- empañaban hasta hacer invisible todo ánimo de elevación, de grandeza, de individualidad verdadera: el derecho a uno mismo, el derecho a no ser reducido a la mayoría, a una plebe, a una canaille, a un grano de «harina» más de la «masa», etc. (Si la Ilustración universalizó las ideas de Hombre y Humanidad reduciendo a todos a lo mismo, el utilitarismo redujo todo al «interés general»).
«Dios ha fundado una causa en él mismo», diría Stirner. El resto de los seres le siguen, su causa y el propio Dios están por encima de todo ser humano, de todo ser hombre, de todo ser inhumano, etc. Durante siglos, al menos durante dos milenios (veo cierta generosidad en los dioses griegos y romanos -y en casi todo politeísmo-, al menos ellos hacían que el hombre se viera igual de grande y valioso que ellos, conseguían que lo humano, el Hombre, ¡el individuo!, se elevara… ¿por qué si no los dioses ponían a prueba a los Hombres? Su tiranía para con nosotros era su generosidad, mostraban su amor a base de catástrofes para que nos hiciéramos fuertes) los hombre se han postrado ante una idea imaginaria que hemos llamado Dios (Único). Un Dios no menos imaginario que cualquier otro Dios, pero este Dios tenía la particularidad de humillar al Hombre, de condenar toda belleza y exceso de vitalidad y fuerza mediante el «pecado». Un Dios así que humilla al Hombre no merece ser depositario de fe, un Hombre que se deja humillar no merece ni siquiera vivir. El egoísta no ve a ese Dios de origen «abrahámico» por encima de sí, sino que tal como dicha idea se proclama a sí mismo su propia causa, su propio objeto de veneración y amor. No hablo de ateísmo o de laicismo, quien es soberano se apropia de lo que le interesa… ¡hablamos de independencia del YO, de soberanía individual, una mirada post-ilustrada que reivindica al individuo en lugar del universalismo y el aborregamiento!: « Mi causa no es ni la divina ni la humana, no es la verdadera, buena, justa, libre, etc., sino solamente la mía, y no es ninguna causa general, sino que es… única, como yo soy único. ¡No me interesa nada que esté por encima de mí!» (Pág. 36)
Pero claro, las ideas no se sitúan por encima nuestra solas, el propio Hombre es quien las inventa: su necesidad de algo superior lo hace sí. El Hombre no sabe mandarse, no sabe ser soberano, necesita una disculpa, un asidero aunq
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